Hay una sensación que se repite en casi todos los alumnos que pasan por Escola Port, independientemente del curso o del nivel: “el tiempo a bordo vuela”.
Las horas de navegación, las prácticas, las maniobras, las guardias y las conversaciones en cubierta se encadenan de una forma natural. El reloj pierde protagonismo y lo que queda es la experiencia. No es algo exclusivo de quienes navegan por primera vez; también lo viven quienes regresan al mar después de años o quienes deciden seguir formándose una vez obtenido su primer título.
Navegar implica aprender haciendo. Cada singladura, cada maniobra y cada decisión tomada en el barco tiene un impacto inmediato. Esa combinación de atención disfrute y aprendizaje es, probablemente, la razón por la que las horas parecen pasar más rápido cuando se está en el mar.
En la formación náutica ocurre algo similar. Un curso como el PER, con su parte teórica y todas las prácticas, supone muchas horas de dedicación real, repartidas a lo largo del tiempo y en contextos muy distintos. Por eso, más allá de obtener una titulación, lo importante es vivir el proceso con el acompañamiento adecuado y en un entorno que permita aprovechar cada hora de formación.
Con el paso de los años, muchos alumnos nos comentan lo mismo: recuerdan con claridad momentos concretos de su formación, personas con las que compartieron barco y decisiones que marcaron un antes y un después en su relación con la navegación. Esa memoria no se construye desde la prisa, sino desde la implicación.
Por eso, cuando decimos que el tiempo pasa muy rápido cuando se pasa bien, no hablamos solo de una frase hecha. Hablamos de una experiencia compartida por quienes entienden el mar no solo como un destino, sino como un camino.
Nota editorial:Este artículo fue publicado originalmente en 2014 y refleja vivencias y reflexiones ligadas a la formación náutica en ese momento. Se mantiene como contenido atemporal, ya que la experiencia de aprender y navegar en el mar conserva hoy el mismo sentido y valor.
